Sobre El desorden interno de Mónica Selem

Los veinte cuentos de El desorden interno tejen sutiles hilos invisibles que hacen ver que forman parte de una obra completa y redonda. Mónica Selem emplea, para revelar sus historias, o bien la voz de uno de sus personajes en primera persona o de un narrador omnisciente que observa el viaje que emprenden sus protagonistas. En sus relatos, hombres y mujeres apuestan por el viaje, por el amor y por la vida, aunque provoquen dolor. 

 

Las voces de sus personajes pueden usar el humor como instrumento de supervivencia, pero también otros caminos como la fantasía o zambullirse en el recuerdo no para dejarse hundir por la nostalgia, sino para rescatar el momento que dé sentido a una historia, aunque esta fracase. O no falta en cada una de sus páginas la presencia del erotismo, del deseo y de la geografía de los cuerpos.

 

En varios relatos, como en el de «Historia sucinta de una dama vikinga», la primera persona se confunde con la propia autora. En otros, la veracidad del relato y el detalle reflejado hacen preguntarse sobre los malabarismos entre realidad y ficción («Búmeran»), pero también ocurre lo contrario, que dentro de la fantasía se esconde mucha verdad (no hay más que leer el epílogo: «El cuerpo del delito»). Ese es el juego, los límites nunca están claros, es el puro disfrute por el relato.

 

Y es que Mónica Selem se convierte en una Sheherezade contemporánea, una cuentacuentos seductora a lo Isak Dinesen y su historia inmortal o, tal vez, convierte hechos reales de su vida en pura ficción a lo Lucia Berlin... Por eso, un relato puede revelar varias historias a la vez como «El barrio y sus curvas» o «Una de vampiros». O un cuento puede ser de un realismo extremo como «Amarige», y otro visitar la imaginación en cada frase, así ocurre en «Malabarismo». Sí, la metaficción campa de manera natural en varios de los cuentos.

 

Otro rasgo de cada uno de los veinte relatos es que la autora experimenta con la forma de contar sus historias: una puede ser un listado («Acciones para conocer extraños»), otra se convierte en un testimonio de un personaje secundario («La simpleza de un cordón amarillo»), en la de más allá puede sorprender de pronto el elemento fantástico («La perfección»), o en otra lo importante se halla en las notas («El cuerpo del delito»).

En El desorden interno sus personajes casi siempre están viajando o se metamorfosean en las calles de una ciudad concreta, pero lo que termina importando son sus recorridos emocionales y vitales. Aunque no lo parezca, los veinte relatos construyen un libro luminoso porque hasta en los más oscuros lo importante es rescatar el momento por el que merece la pena lo vivido. 

 

El lector se sumerge también en un universo concreto repleto de referentes culturales: literarios, musicales y cinematográficos. Así entre sus páginas aparecen nombres y canciones o películas. Y todas las menciones tienen un porqué. Así se dan la mano Italo Calvino, Pío Baroja, Tennessee Williams, Franz Kafka y forman parte de cada una de las historias donde aparecen, no pueden separarse de ellas (por ejemplo, «Blanche rompe el hielo de Praga»). O un relato se construye entre cortos de Lauren y Hardy y una película de Krzysztof Kieślowski («No amarás»). Y un disco de vinilo no deja de dar vueltas mientras se pasa cada una de sus páginas y lo mismo la banda sonora es de los Kinks como de José Alfredo Jiménez o, tal vez, suenan las notas de una armónica.